El deseo que se vigila a sí mismo
Gustavo Gelman — El Leuca
Uno se puede centrar en no ver, en dejar de percibir. Enfocarse en dejar de percibir? ¿Es posible hacer eso? ¿Cómo doy la espalda a algo si al mismo tiempo me obligo a reconocer que si me muevo es por eso a lo que estoy dándole la espalda? Veo lo que quiero dejar de ver.
Esta idea, la de que dejar de atender algo requiere, primero, que se le atienda mejor que nunca, es un principio de orden. A esta idea le encuentro sentido con este ejemplo: se trata de cuando uno tiene un perro cuyas características están de tal modo publicitadas, incorporadas al gusto en cuanto al corte de orejas, que cuando uno ve a su perro con las orejas enteras uno siente que mucha de esa oreja sobra para lograr una imagen completamente armónica.
Entonces, uno ve al perro y siempre desea que ese perro quede configurado, retocado, para encajar en el molde formal que la publicidad ha transmitido como lo ideal, lo deseable, en el perfil de ese perro. Al ver que el perro no tiene las orejas cortadas, porque uno está decidiendo no cortar (no porque a uno no le gustara cómo quedaría el perro, sino porque está decidiendo rechazar ese gusto), sufre un desgarro interno por lo que pudo ser y no ha sido. Por una teta no fue vaca, como dice el dicho.
Pero para ello yo me tengo que enfocar en ese deseo subconsciente. Si voy a darle la espalda tengo que hacerlo consciente. Entenderlo.
Si alguien me está apuntando con un arma, y tengo que darle la espalda, no puedo simplemente olvidarme de que me están apuntando y moverme hacia otro lado, como si tuviera esa oportunidad.
En el caso del gusto, de la tentación, de la inclinación hacia una estética que está trabajada por la publicidad, es difícil tener la oportunidad de desembarazarte de lo que te apunta, como un sofisticado arma con láser que te tiene fijado en el sitio. Del mismo modo en que el cañón de una pistola real te tendría fijado.
Si yo me voy a mover fuera del cañón de la pistola tengo que centrarme en la pistola. Tengo que saber en qué momento soy capaz de dar la espalda, entendiendo todo lo que allí sucede.
Lo mismo pasa con el perro. Yo me duelo cada vez que lo veo y pienso: “Dios, qué divino quedaría ese perro con las orejas cortadas.” Y al mismo tiempo sé que no puedo permitirme esa debilidad. Debo controlarla.
Hay debilidades humanas que atentan contra el mantenimiento, en el tiempo, de los equilibrios fundamentales que nos convierten en seres humanos. Esas debilidades, de las que el sistema se vale para mantenernos bajo control, deben ser autorreguladas.
Mi vida se basa en la autorregulación, y es por eso que puedo contarles muchas cosas, transmitirles muchas enseñanzas, serles útil de muchas formas con estas experiencias hechas. Etc, etc, etc.
— Gustavo Gelman

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